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Boutique de experiencias: Una fría mañana

11 de mayo de 2021

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Era una mañana muy fría pero soleada de setiembre en Piedras Blancas, me había tenido que levantar muy temprano para poder llegar al Jardín a tiempo y acompañar a las practicantes de magisterio en el taller que habían planificado para las familias. En el viaje en ómnibus, antes de llegar, iba recordando cómo había sido todo el proceso con el grupo de estudiantes: la formación en el instituto, la presentación de la propuesta de Aprender Tod@s, el acompañamiento y la planificación, y las expectativas mías y del equipo en que era una propuesta piloto, que era una propuesta en evaluación, que dependiendo de cómo saliera se definiría su continuidad.

Llegué al Jardín a las 8:00, ya había mucho movimiento en la puerta, se estaba acercando la hora de entrada de todos los niños. Entro al jardín y me dirijo a uno de los salones, allí estaba el grupo de practicantes, que era unas diez, se movían de un lado para el otro, movían mesas y sillas, ponían carteles, conversaban sobre el taller, ajustaban la distribución de roles… Estaban armando todos los detalles para que las familias se sintieran a gusto. Alicia, la directora, también iba de un lado para el otro, estaba atenta a todos los pormenores para la actividad, pero más atenta aún a poder acompañar a las practicantes, era la primera vez que ellas lideraban una actividad con estas características.

Entre una cosa y otra, llegó la hora de comienzo del taller, familias y niños empezaron a entrar en el salón; al principio eran pocos, y las practicantes se empezaron a poner nerviosas, pero después empezaron a entrar más y más y más… El salón se llenó de niños de cinco años y sus familias. Cada niño estaba acompañado por un adulto, primer obstáculo salteado ¡La convocatoria había sido un éxito!

Comenzó el taller, primero con una dinámica rompehielo; familias y niños reían, todo estaba fluyendo y las practicantes ya tenían cara de alivio, cada paso dado les daba más tranquilidad. Luego, se armaron grupos y cada grupo de familias con los niños, empezó a explorar diferentes recursos y aplicaciones de las tablet de Ceibal. Se veía a niños y familias disfrutar del tiempo compartido, de conocer algo nuevo, de saber que ese era un espacio de disfrute en el jardín. Caras de asombro y alegría se veían por todo el salón: niños, familias, directora y practicantes. Y las familias hacían gestos y comentarios de agradecimiento por el espacio compartido, pero también por dar a conocer recursos de la tablet para trabajar con los más pequeños en cada hogar. Para casi todas las familias, esos recursos eran una novedad, era lo que querían conocer hace tiempo, y seguro que eso iba a quedar como conocimiento de esas familias para continuar en casa. Luego de una hora y quince minutos de actividad, llegó el cierre. Las familias no dieron otra cosa sino palabras de agradecimiento, señales de querer seguir aprendiendo. Los niños se mostraban felices de haber compartido en el jardín un espacio con sus familias y con la sensación de que “todos aprendimos juntos”. Las familias se fueron, pero los niños quedaron y fueron para su salón, porque el turno recién comenzaba. Cuando se retiraron todos, y quedé sola con las practicantes y la directora en el salón, los comentarios eran de alegría, todo había sido un éxito en el taller, pero especialmente se quedaron con ganas de seguir por este camino, de sentir que proyectos que integran a la comunidad educativa son necesarios, que las familias son más que aliadas, y que todo lo hecho hasta acá ha sido un aprendizaje para las practicantes. Acordé con las practicantes volverme a encontrar, para evaluar y seguir planificando actividades en el marco del proyecto y me despedí entre risas.

Ya en viaje, yendo para Plan Ceibal, volví a reflexionar, a repasar todo lo que había implicado este proyecto y la actividad en particular para el jardín. Y allí también apareció mi sonrisa, mi alegría, y la convicción de que este piloto iba por buen camino.


Nadia Mateo, nmateo@ceibal.edu.uy


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